jueves, 10 de abril de 2008

Por los caminos de los viejos y nuevos olivares,
mientras tú te colgabas de mi brazo,
cogía las aceitunas que depositaba en tus níveas manos,
aquellas que recorrían mi cuerpo con ternura.

Noches de noches sentados en una banca o al pie de la laguna,
explicándote que esas figuras de colores eran peces carpa,
mientras tú temías que los grandes

se fueran a engullir a los pequeños.

Noches de largas caminatas y café helado.
Con cada aceituna arrebatada a los jóvenes y viejos olivos,
cuidando que no me viera algún municipal o el serenagzo,
aquella especie que mi espíritu asocia con una nueva Gestapo,
fue creciendo el amor.

Nuestros pasos siempre recorrerán
aquel bosque de olivares y peces de colores
y entre ofertas de chicles, galletas y cigarros
aun sonarán nuestros besos, nuestros pasos.

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