jueves, 10 de abril de 2008

El amor siempre es un hermoso navío... atado a puerto
Grabé tu rostro sobre mi almohada,
y en aquella lejana playa
que nunca albergó nuestros pasos
dibujé tu cuerpo con temblorosas manos.
Por los caminos de los viejos y nuevos olivares,
mientras tú te colgabas de mi brazo,
cogía las aceitunas que depositaba en tus níveas manos,
aquellas que recorrían mi cuerpo con ternura.

Noches de noches sentados en una banca o al pie de la laguna,
explicándote que esas figuras de colores eran peces carpa,
mientras tú temías que los grandes

se fueran a engullir a los pequeños.

Noches de largas caminatas y café helado.
Con cada aceituna arrebatada a los jóvenes y viejos olivos,
cuidando que no me viera algún municipal o el serenagzo,
aquella especie que mi espíritu asocia con una nueva Gestapo,
fue creciendo el amor.

Nuestros pasos siempre recorrerán
aquel bosque de olivares y peces de colores
y entre ofertas de chicles, galletas y cigarros
aun sonarán nuestros besos, nuestros pasos.
Puedo jurar que estábamos solos frente al mar,
en aquella playa que era nuestra,
que nuestro era el tiempo, el amor y el silencio,
José, Marlene, la blue con su caña de pescar y los chinos,
eran ilusiones creadas por nosotros

para compartir nuestro amor.

Puedo jurar que nunca existió la camioneta,
que los jugadores de fútbol en la playa,
eran una ilusión creada por el viento y la arena,
que el sonido de las olas era sólo una sensación
creada por nuestros besos.

No existía el puerto, el mar, el horizonte
Juro que éramos sólo tú y yo;
y que era nuestro amor el que creaba todo
El sol se sumerge entre destellos de oro y sangre
en este mar que ignora toda huella en la arena.

A este puerto, hermoso e imaginario,
vuelvo para encontrarme con tu mirada,
con tus labios que ya no beben en los míos,
y solo encuentro la arena que albergó
tus pasos y el desdeñoso mar azul.

Extrañaré las puestas de sol,
los besos que no te di, el viento que rozó tu piel
y que, inmisericorde, me trae tu perfume de mujer
y tu olor de hembra al filo del ocaso.
Estaba frente al mar y tú frente a mí,
era dueño del sol y todo el horizonte,
salvo aquella parte que tu cuerpo me ocultaba.

Un día sin un adiós o hasta pronto,
te llevaste el mar, el horizonte y, solos,

mis sueños quedaron tendidos
al sol de los recuerdos.

Hoy vuelvo a sentarme frente al mar
no hay nada ni nadie frente a mí
otro es el sol, otro el horizonte,
tampoco yo soy el mismo.

Junto a la playa las gaviotas revolotean
sobre los botes de aquellos viejos pescadores
que nos entretenían con sus viejas historias de mar,
y la arena en la cual tantas veces dejaste la huella de tus pasos.

Me empeñé en seguir tus huellas,
me extravié entre tus aromas y sudores,
y me quedé con la sombra de tu cuerpo.
Era junio, los últimos días del otoño,
ella partió con las últimas hojas
y e l invierno se instaló en mis días.

Volvió en primavera, su amor era un sol distante y frío
y de su cuerpo solo brotaban hojas muertas.


La causa del adiós no está en los restos del naufragio
se extraviaron las palabras, los hijos que soñamos juntos,
las puestas de sol que nunca veremos y que imaginábamos
en ese breve espacio que compartían nuestros cuerpos.

Hoy el mar trae otros sonidos, ella y yo somos un recuerdo